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El día que España se detuvo. ¿Qué hemos aprendido?

El día que España se detuvo: qué hemos aprendido doce meses después del apagón — y qué le falta al sistema eléctrico para no repetirlo

Hace un año, 50 millones de personas comprobaron en apenas un minuto lo frágil que es dar por hecho que al pulsar un interruptor siempre habrá luz. Desde SICE Renovables analizamos qué falló realmente, qué ha cambiado y por qué la respuesta no es frenar la transición, sino acelerar lo que la acompaña.

Lunes 28 de abril de 2025. Mediodía. En cuestión de segundos, la Península Ibérica entera pasó del ruido cotidiano al silencio más absoluto. No fue un barrio, ni una ciudad: España peninsular, Portugal continental y Andorra perdieron simultáneamente todo el suministro eléctrico. Más de 50 millones de personas se quedaron, literalmente, a ciegas. Trenes parados entre estaciones, quirófanos funcionando con grupos electrógenos de emergencia, cajeros fuera de servicio, fábricas detenidas a mitad de turno. Nada comparable había ocurrido en las redes eléctricas del continente en las últimas dos décadas.

Un año después, el ruido ha sustituido al silencio, pero no siempre en la dirección correcta. Tenemos sobre la mesa el informe del comité gubernamental (junio 2025), el análisis final de los 49 expertos europeos coordinados por ENTSO-E (marzo 2026), los expedientes de la CNMC, una comisión de investigación cerrada en el Senado y otra recién arrancada en el Congreso. Y, sin embargo, ni el Ejecutivo, ni el panel europeo, ni el regulador de los mercados han logrado señalar un responsable único y definitivo. Conocemos mucho mejor el mecanismo del colapso, pero la responsabilidad sigue abierta.

Hay quien, pese a todo, sigue repitiendo el mismo eslogan del día uno.

Desde SICE Renovables, con más de 16 años diseñando, construyendo y manteniendo instalaciones fotovoltaicas industriales con ingeniería propia y equipos propios, aportamos nuestro análisis de lo ocurrido.

La narrativa fácil frente a la realidad técnica

El relato más repetido —y más perjudicial— nació la misma tarde del apagón: «sobró renovable». Tres palabras que caben en un tuit, pero que no sobreviven al contraste con ninguno de los informes publicados hasta hoy.

El presidente de ENTSO-E, Damián Cortinas, lo expresó sin ambigüedad en la presentación del informe final: «No se trata de las renovables, se trata del control de tensión». El propio documento insiste en que, al tratarse de un problema de tensión, «incluso con mucha más inercia, el apagón habría ocurrido igualmente».

¿Qué ocurrió entonces? El equipo de 49 especialistas europeos reconstruyó una secuencia donde el protagonista no fue ninguna tecnología de generación, sino la incapacidad del conjunto del sistema para gobernar los niveles de voltaje en tiempo real. El apagón fue consecuencia de una compleja cadena de eventos —no de una causa única— en la que el sistema experimentó una combinación de perturbaciones que derivaron en un proceso de inestabilidad progresiva. El desencadenante inmediato fue una subida de tensión rápida y descontrolada que provocó desconexiones automáticas en cascada de generación, agravando a su vez el problema original.

Y aquí viene el dato que debería zanjar la discusión: mientras en el resto de Europa el control dinámico de tensión por parte de renovables lleva implantado casi una década, España seguía operando con un procedimiento obsoleto. Las plantas solares y eólicas no podían contribuir a regular el voltaje porque la normativa vigente no se lo permitía. Dicho sin rodeos: la regulación les prohibía ayudar.

«Las renovables no tuvieron la culpa del apagón», señala el analista Pedro Fresco. «De hecho, no pudieron tenerla porque la regulación vigente en ese momento no permitía a las renovables ejercer labores de control de tensión dinámica de la red».

Un sistema que creció más deprisa que sus propias defensas

Para entender el apagón hay que entender una paradoja que los ingenieros del sector eléctrico  conocemos bien: España levantó uno de los parques renovables más ambiciosos del continente, pero no actualizó a la misma velocidad los instrumentos de vigilancia y estabilización que toda red necesita.

La media hora previa al colapso concentró una sucesión de anomalías que, por separado, habrían sido manejables, pero que juntas desbordaron los márgenes de seguridad. Primero apareció una perturbación oscilatoria localizada, vinculada a convertidores electrónicos. Poco después, una segunda oscilación de baja frecuencia recorrió el eje transversal del sistema síncrono europeo. Las maniobras correctoras lograron amortiguar esta segunda vibración, pero como efecto colateral elevaron el voltaje en la zona ibérica, justo donde el margen ya era escaso.

A ello se sumaron fallos concretos de planificación. El operador del sistema habría realizado una programación de seguridad insuficiente; la víspera, una central térmica prevista para cubrir funciones de regulación comunicó su indisponibilidad, y la decisión fue reprogramar sin incorporar un sustituto para las horas solares del día siguiente. Cuando la tensión se disparó fuera de control, las protecciones automáticas de las interconexiones con Francia se activaron y aislaron la península, eliminando cualquier posibilidad de apoyo exterior.

Si algo puso de relieve el 28 de abril es que la regulación ha ido por detrás del elevado ritmo de instalación renovable de los últimos años. Pero la responsabilidad no recae solo en la generación verde: la comisión de investigación del Senado concluyó que, además del Gobierno y Red Eléctrica, la CNMC tiene parte de culpa por «omisión regulatoria».

El problema fue de gobernanza del sistema, no de la tecnología que genera los kilovatios.

Lo que ha cambiado en doce meses — y lo que todavía falta

No sería justo decir que no se ha hecho nada. El sistema hoy opera de forma distinta a como lo hacía en abril de 2025, aunque el coste de esa cautela adicional lo estamos pagando todos.

Una de las recomendaciones clave del informe de ENTSO-E es que las renovables presten servicio de control de tensión dinámica, algo que «ya se está empezando a hacer desde principios de año». España actualizó en junio de 2025 el Procedimiento Operativo 7.4 para permitir que las instalaciones renovables participen en el control de tensión. Sin embargo, sólo 42 de las 335 instalaciones que han solicitado habilitarse han superado hasta ahora las pruebas técnicas. El cambio regulatorio está en marcha, pero su despliegue efectivo avanza con lentitud.

«Si hubiese habido control de tensión dinámico de la red por parte de las renovables, con casi toda probabilidad no se habría producido el apagón», explica Pedro Fresco.

En almacenamiento, el salto ha sido notable en términos porcentuales, aunque partíamos de cifras irrisorias. La potencia instalada de baterías (BESS) en España creció un 589 % entre abril de 2025 y abril de 2026. Sin embargo, hay que ser honestos: pese a ese crecimiento, España se sitúa a la cola de Europa, muy lejos de Alemania, Italia o Reino Unido. En abril de 2025 había 28 MW de baterías instaladas; un año después, 193 MW. Es un avance, pero queda un abismo por recorrer.

En autoconsumo, la lectura es más esperanzadora. La demanda de instalaciones de almacenamiento en el segmento de autoconsumo experimentó en 2025 un repunte del 119 %, y la capacidad pasó de 155 MWh a 339 MWh.

Los expertos de ENTSO-E han recalcado la necesidad de acelerar en toda Europa las actualizaciones regulatorias necesarias para la resiliencia de la red, permitiendo que las renovables proporcionen control dinámico de tensión y facilitando la integración de almacenamiento en baterías.

 

La trampa del precio: mercado mayorista barato, factura final cara

Este es probablemente el punto donde más desinformación circula, en ambas direcciones. Quienes defienden las renovables a ultranza suelen esgrimir que España tiene la electricidad más barata de Europa. Quienes las atacan, que la factura no para de subir. Ambas afirmaciones son simultáneamente ciertas y engañosas, porque hablan de cosas distintas.

En el mercado mayorista, los datos son incuestionables. Mientras la mayoría de los principales mercados eléctricos europeos registraron precios promedio superiores a los 90 €/MWh en el primer trimestre de 2026, el mercado ibérico se mantuvo en una posición radicalmente diferente: Portugal cerró el trimestre con 41,90 €/MWh y España con 44,18 €/MWh, los valores más bajos del continente. ¿La razón? Cuando hay mucha generación eólica y solar disponible, esas tecnologías, de coste variable prácticamente nulo, cubren una mayor parte de la demanda y desplazan al gas, que es el que habitualmente marca el precio más alto. El resultado es un precio mayorista más bajo.

Pero la factura final que paga un hogar o una empresa no es el precio del pool. Es el precio del pool más peajes de acceso, cargos del sistema, impuestos, costes de comercialización y, desde el apagón, unos costes de ajuste desbocados. Y es aquí donde la realidad se tuerce.

Desde el 28 de abril el sistema opera en «modo reforzado», con mayor uso de centrales convencionales para dar más seguridad. Ese modo garantiza un sistema más seguro, pero se traduce en una factura más cara. Si el día del apagón funcionaban siete centrales de gas como respaldo, ahora se activan alrededor de 25 diarias, con un sobrecoste estimado de entre 600 y 1.500 millones de euros anuales. El coste de la operación reforzada hasta marzo de 2026 asciende a 666 millones de euros según REE, y otras estimaciones lo elevan por encima de los 1.000 millones.

Para el consumidor doméstico, la lectura más visible es que la luz se ha encarecido: varias estimaciones publicadas en el aniversario sitúan el impacto acumulado sobre la tarifa regulada en torno al 13 % en el último año. La señal de fondo es clara: el sistema es hoy más seguro, pero esa seguridad extra se está pagando en la factura.

Dicho de otro modo: las renovables están abaratando la materia prima, pero el sistema todavía no sabe trasladar esa ventaja limpiamente al consumidor final. Los sobrecostes de ajuste, la operación preventiva post-apagón y una regulación de peajes que arrastra inercias de décadas se comen buena parte del ahorro que el pool ofrece.

La solución no es renunciar a las renovables —que son precisamente lo que mantiene el mayorista bajo—, sino completar la ecuación: más almacenamiento para reducir la necesidad de respaldo fósil, más flexibilidad de demanda, y una reforma seria de la estructura tarifaria que deje de penalizar al consumidor por ineficiencias del sistema que no ha provocado. En las últimas semanas ya se ha empezado a notar una reducción del coste de los servicios de ajuste a medida que más plantas renovables se incorporan al control de tensión. Es la dirección correcta, pero hay que ir mucho más rápido.

Y hay una vía que ya permite a cualquier empresa industrial saltarse gran parte de esa brecha entre pool y factura: el autoconsumo fotovoltaico. Cuando generas tu propia energía, el kWh que produces no lleva peajes, ni cargos de ajuste, ni impuesto de generación. Los precios en las horas centrales del día se desplomaron un 28,43 % en 2025, hasta situarse en 33,02 €/MWh, pero el autoconsumo industrial compite incluso contra esos precios ya bajos, porque su coste nivelado es aún inferior y elimina toda la capa de sobrecostes regulados que inflan la factura.

La lección para la industria: depender solo de la red ya no es una estrategia

El apagón puso sobre la mesa una realidad que muchos directores de operaciones industriales prefieren no mirar de frente: la red centralizada constituye un punto único de fallo. Las instalaciones fotovoltaicas dotadas de inversores avanzados y respaldadas por baterías pueden mantener operativos los consumos críticos incluso cuando la red colapsa. Mientras miles de negocios cerraban la persiana aquella tarde, quienes disponían de sistemas con almacenamiento mantuvieron en marcha lo esencial.

Y más allá de la resiliencia, la lectura económica es cada vez más nítida. El sistema eléctrico español ha entrado en una fase donde el mayorista baja pero la factura sube, y todo indica que esa brecha se mantendrá mientras no se resuelvan los problemas estructurales de la red. La empresa que produce parte de su electricidad con fotovoltaica no solo reduce su exposición a esa brecha; gana una capa de independencia operativa que el 28 de abril de 2025 demostró que no es un lujo teórico.

En SICE Renovables llevamos más de 16 años ejecutando instalaciones de autoconsumo fotovoltaico para el sector industrial, de principio a fin: ingeniería de diseño, tramitación, ejecución y mantenimiento. Sin subcontratas. Sin intermediarios. Porque en un proyecto donde la estabilidad y la calidad de la instalación determinan su capacidad de respuesta ante imprevistos, la cadena de responsabilidad tiene que ser corta y clara.

 

Conclusión: el apagón no demostró que la transición sea un error — demostró que necesita mejor ingeniería

El apagón fue una señal de alarma. Lo que hagamos con ella definirá la robustez de nuestro modelo energético en la próxima década.

Los datos dicen que el fallo fue de control, regulación y planificación operativa. Los datos dicen que las renovables están abaratando la energía en origen, pero que el sistema aún no es capaz de trasladar esa ventaja a la factura sin distorsiones. Los datos dicen que las emisiones de CO₂ derivadas de la producción eléctrica registraron en 2024 su mínimo histórico: 27 millones de tCO₂ equivalente, un descenso del 16,8 %, y que el 76,8 % de toda la energía generada fue libre de emisiones. Y los datos dicen que el almacenamiento y la flexibilidad que necesita el sistema ya son tecnológicamente viables, pero requieren inversión, ejecución rigurosa y compromiso a largo plazo.

Desde SICE Renovables seguiremos aportando lo que mejor sabemos hacer: ingeniería fotovoltaica seria, instalaciones ejecutadas con control total y soluciones de autoconsumo que no solo reducen costes y emisiones, sino que dan a cada empresa industrial una capa de ahorro real, no teórico, no de pool, sino de factura.